Tarija vuelve a arder, fuego. Las imágenes de bomberos voluntarios, comunarios y efectivos militares combatiendo las llamas en San Lorenzo y Erquis han movilizado nuevamente la solidaridad de la población. Sin embargo, detrás de los llamados de auxilio de la gobernadora María René Soruco, quien ha solicitado agua, colirios y barbijos para los brigadistas, se esconde una realidad financiera que explica por qué el fuego es un enemigo que nunca se logra vencer: la falta de una solución estructural y una inversión presupuestaria que roza la negligencia.
Un problema crónico sin solución estructural
Los incendios en Tarija no son un evento fortuito; son una pesadilla anual. Ya en 2017, un desastre en la Reserva Biológica Cordillera de Sama consumió 10.600 hectáreas y cobró la vida de tres personas, un evento que Mongabay documentó como parte de un ciclo de destrucción que se remonta al menos hasta el año 2002.
A pesar de que el fuego es un “viejo enemigo” de la biodiversidad tarijeña, la respuesta estatal sigue siendo reactiva y precaria. Como reportó El País en 2021, la falta de control en los chaqueos y la dependencia de herramientas básicas —como baldes de agua y herramientas manuales— siguen siendo la norma, evidenciando que, tras décadas de desastres, el departamento no ha logrado consolidar un sistema de respuesta profesional y equipado.
El análisis de los POA: La gestión de riesgos como prioridad marginal
Un análisis técnico de los Planes Operativos Anuales (POA) del Gobierno Autónomo Departamental de Tarija (GADT) entre 2014 y 2026 revela que la prevención de incendios nunca ha sido una prioridad estratégica.
- Presupuesto de subsistencia: Para la gestión 2026, la Gobernación ha presupuestado apenas Bs. 1.000.000 para la partida de “Atención de Emergencias”.
- Prioridad marginal: Este monto representa un ínfimo 0,23% del presupuesto total de egresos (Bs. 435.813.433).
- Fragmentación: Históricamente, los recursos se han atomizado en montos pequeños asignados a subgobernaciones, lo que impide una respuesta a gran escala.
Mientras áreas como “Infraestructura de Transporte” han recibido históricamente miles de millones de bolivianos, no existen carreteras al Chaco consolidadas hasta la fecha. La Gestión de Riesgos ha operado con presupuestos que oscilan entre el 0,07% y el 0,81% del total anual. El análisis financiero es claro: la Gobernación prioriza el pago de deuda pública —que consume hasta el 23% de los recursos— y programas sociales por ley, dejando la lucha contra el fuego en un estado de abandono presupuestario.
Es decir, con presupuesto o sin presupuesto no se asigna dinero a evitar estos problemas ya identificados. Nadie quiere escuchar la solución y se reacciona cada año al mismo problema.
La paradoja de la solidaridad
Es una contradicción recurrente: la Gobernación de Tarija, que cuenta con un presupuesto millonario para otras áreas, se ve obligada a habilitar puntos de acopio en la calle General Trigo para pedir a la ciudadanía que done colirios y barbijos. Este llamado a la solidaridad, si bien loable, es la confesión de un Estado que ha renunciado a su responsabilidad de equipar adecuadamente a sus bomberos y brigadistas.
La dependencia de fuentes volátiles como el IDH y el IEHD, sumada a la caída de la renta petrolera, ha dejado a la partida de emergencias en niveles de “subsistencia”. En 2015, se realizó una inversión significativa de Bs. 32,8 millones en equipamiento, pero tras la crisis de ese año, el presupuesto central para emergencias se estancó en un “piso” de un millón de bolivianos, cifra que se mantiene hasta hoy, ignorando la creciente frecuencia y magnitud de los incendios forestales.
El fuego seguirá ganando
La historia de Tarija demuestra que, sin una inversión estratégica en equipamiento, personal especializado y una política de prevención que trascienda el chaqueo descontrolado, los incendios seguirán siendo una tragedia anual. Mientras la Gobernación siga destinando menos de un cuarto del 1% de su presupuesto a la gestión de riesgos, los bomberos voluntarios seguirán siendo la única barrera entre el fuego y las comunidades, trabajando con las manos vacías mientras el patrimonio natural del departamento se reduce a cenizas.
