El éxito de la selección argentina en el Mundial de fútbol sacó a flote un argumento muy utilizado en Bolivia: ¿por qué apoyar a los argentinos si son racistas con los bolivianos?
Para encontrar racismo contra los bolivianos no es necesario cruzar la frontera hacia el país argento. Los recientes conflictos sociales provocados por el ajuste económico, que terminan pagando los sectores más vulnerables de Bolivia, sacaron a relucir los argumentos más viejos, esos que ni siquiera escuchas ya en Argentina. “Indios de mierda”, “mátenlos a todos”, “ son tan hediondos que ni para quemarlos sirven”, “bala para el que bloquea”. Incluso un amarillista como Lema llegó a pedir campos de concentración, evocando prácticas propias del fascismo nacionalista del MNR.
Cualquier discusión con estos seres termina de la misma forma: con la negación de lo indígena y la afirmación de que superaron esa condición mediante un proceso de blanqueamiento, ya sea por la adquisición de bienes materiales, mudarse de barrio o de ciudad, una supuesta “limpieza genética” o los estudios universitarios. Todas son formas de blanqueamiento simbólico.
Lo indígena, lo cholo, aunque vivimos en una parte del mundo donde lo cholo debería ser lo común por la mezcla étnica, sigue siendo utilizado de forma peyorativa. Llama la atención que en Bolivia el sujeto racializado siempre sea alguien proveniente de una etnia considerada indígena, aunque muchas personas racializadas ni siquiera se consideren indígenas.
Aquí aparece una búsqueda interminable por definir qué significa ser boliviano. Lo cierto es que no existe una única definición del boliviano, sino definiciones plurales, diversas, mezcladas, tejidas, danzantes, alborotadas; un chenko.
Por un lado tenemos un orden pigmentocrático de arriba hacia abajo, donde los más morenos discriminan a los no tan morenos, mientras quienes tienen la piel un poco más clara se creen auténticamente blancos y tratan a todos los demás de negros. Sin embargo, ya que estamos en el Mundial, si lleváramos a esos “blancos bolivianos”, incluso a los de ojos claros, al país de Haaland —que, por cierto, tiene fuertes políticas racistas y contra migrantes— probablemente también serían vistos como sudacas, gitanos o simplemente como extranjeros no europeos, negros de mierda.
Sería injusto afirmar que a todos los tratarían así en tierras nórdicas, pero tampoco puede decirse que sean países especialmente amigables con la migración en comparación con otras regiones de Europa. Eso no significa, por supuesto, que el resto de Europa esté libre de estas lógicas.
Para para el pesar de muchos argentinos, así como bolivianos, incluso el connacional “más altiplánico” comparte con ellos el mismo lugar dentro del imaginario de la supremacía blanca: el del sudaca incivilizado. A lo mucho, algunos pasarán por gitanos.
La discriminación hacia este lado del mundo incluso alcanza a países europeos como Portugal, Italia, Grecia, España e Irlanda. Durante la crisis de 2008, desde sectores británicos se popularizó el acrónimo PIGS (“cerdos”) para referirse despectivamente a esas economías, es decir este orden civilizatorio racial, alcanza a los que en el imaginario boliviano,argentino, sudaca se considera también blanco.
El problema de todo este chenko racista es que muchas personas todavía no entienden que se trata de un fenómeno propio del sistema-mundo.
Los portugueses y los españoles, al ser desplazados del centro civilizatorio occidental —cuando alguna vez fueron ese centro y conquistaron gran parte del mundo occidental— dejaron a sus antiguos sometidos en el baúl de la oscuridad. Hoy, incluso parte de Europa vive una crisis de centralidad: dentro del sistema mundial solo algunos países siguen ocupando el centro económico y político (el G7).
De hecho, el sujeto blanco europeo también atraviesa una crisis identitaria. Parte de su población autóctona considera que está siendo desplazada por la inmigración y reclama que las fronteras raciales sean cada vez más rígidas: los blancos por un lado, los no blancos por el otro.
Y aquí aparece una paradoja interesante. Mientras en Bolivia y en gran parte de América Latina la obsesión es dejar de ser indígena, indio, moreno y aspirar al ideal del blanco europeo, para muchos europeos esos aspirantes siguen perteneciendo al mismo lado que el indígena migrante.
Esto conlleva un problema repetido hasta el hartazgo: quienes racializan a otros seres humanos creen que existe un orden determinado por el pigmento de la piel que organiza un régimen civilizatorio. Si no es el color de piel, será el acceso a la educación, el poder adquisitivo, el apellido o el lugar de residencia.
Sea cual sea el privilegio que los mantenga por encima de otros, siempre terminan sintiéndose por debajo de alguien más. A menos que nazcan en el país de Haaland y además sean millonarios, siempre estarán un escalón más abajo en la cadena del señalamiento racial.
Al asumirse inferiores porque validan el paradigma civilizatorio según el cual unos mandan y otros obedecen, necesitan llenar ese complejo de inferioridad reduciendo constantemente al otro y racializándolo.
En esta absurda, pero muy real cadena, incluso sueñan con que los “más civilizados” les digan qué hacer y cómo hacerlo, desean servirlos. Hace veinte años parecía un chiste escuchar a bolivianos, argentinos o latinoamericanos pedir convertirse en una colonia estadounidense; hoy ya no se oculta. EEUU se convirtió, desde mediados del siglo XX, en el principal referente del paradigma civilizatorio dominante. No deja de ser curioso que incluso su propia clasificación de ciudadanía tenga componentes racializados, el sistema diseñado se delata solo.
Dentro de este fenómeno también aparecen voces que hablan de un supuesto “racismo inverso”, asegurando que se discrimina a las personas blancas o a quienes no son negras. Resulta llamativo porque, en la mayoría de los casos, quienes sostienen esa postura ocupan posiciones de privilegio y no enfrentan las mismas barreras estructurales que los sujetos históricamente racializados.
Aunque el llamado “racismo inverso” carezca de sustento como fenómeno estructural, también existe una negación, especialmente desde algunos intelectuales aymaras, hacia la idea de que los llamados “sujetos blancos” en Bolivia también son tratados como sudacas dentro del paradigma civilizatorio europeo o estadounidense. Para ese sujeto blanco europeo o estadounidense, el argentino de ojos claros y el boliviano blanco ocupan, finalmente, una posición subordinada.
Lo paradójico es que, al invisibilizar ese hecho, también se invisibiliza que, como tejido social sometido a un sistema civilizatorio basado en jerarquías raciales, todos participamos de distintas formas de discriminación. Esto no elimina la existencia de una cadena interna de discriminación racial; por el contrario, la explica y la reproduce.
Mientras no entendamos que todos seguimos ocupando un lugar colonial dentro de ese sistema, continuará naturalizándose la idea violenta de que existen seres humanos destinados a estar arriba y otros destinados a estar abajo, como si fuera un mandato divino, natural o inherente a la civilización.
No hace falta cruzar fronteras para encontrar discriminación contra un boliviano. Pero sí hace falta cruzarlas para descubrir que quienes te discriminan también son, para alguien más, los “negros de mierda”.
Por lo que me parece que el boliviano más afectado por la discriminación argentina, es siempre el que cree que no lo merece al pertenecer al mismo lado blanco que él, lo “no indio” y civilizado. Ese mismo argentino discriminador, al salir de Sudamérica, se enoja cuando comparte la discriminación con el venezolano, cubano, colombiano, boliviano: “ sho no soy como ellos”.
Eliminar al sujeto blanco como idea política es preciso, y entender que el racismo te coloca en una desventaja, no solo en este lado del mundo.
Entendiendo esto, ¡a darle Argentina con todo!
