Por Rafael Bautista S.
“Ahora somos un Imperio y cuando actuamos
creamos nuestra propia realidad.
Y mientras ustedes estudian esa realidad, juiciosamente,
como ustedes quieren, nosotros actuamos nuevamente
y creamos otras realidades, nuevas,
que ustedes pueden estudiar igualmente,
y así suceden las cosas.
Nosotros somos los actores de la historia.
Y ustedes, todos ustedes,
sólo pueden estudiar lo que nosotros hacemos”1.
La supuesta disposición política entre izquierda y derecha es ya un tópico que precisa una redefinición o sustitución conceptual, porque ya no expresa aquellas perspectivas dicotómicas que perfilaban proyectos distintos y que se excluían mutuamente. La crisis civilizatoria ha puesto también en crisis este esquema topográfico de la política mundial. Aun siendo todavía su uso relativamente útil en su contexto nacional, es en la política exterior –o sea, el tuétano mismo de la política– que su decadencia nos arrastra a los mismos esquemas que ya no sirven como herramientas hermeneúticas adecuadas de la crisis global. La geopolítica destaca ahora una contradicción más urgente a resolver (en un mundo acechado por un rapto que se manifiesta al modo de un reseteo global sin precedentes): la lucha por un mundo en el que quepan todos, se expresa mejor en la disputa entre soberanistas y globalistas.
El “progresismo” que ha vaciado, en muchos casos, la radicalidad de la izquierda histórica, es lo que ha domesticado la crítica al poder (como superación y liberación) en una mera disputa por él. Por eso fracasan, porque siguen en el paradigma globalista que financia a los demócratas gringos, a la izquierda mundial y al activismo funcional a la ideología liberal. Todos actúan como meros portavoces de agendas que se piensan a sus espaldas, usando demandas hasta populares que legitiman sus apuestas, una vez que éstas se implementan nacional, regional y mundialmente.
Es en los fondos de inversión donde se cotizan –y están decidiendo– el destino y el futuro de la humanidad, donde se generan las plataformas de los guiones supuestamente críticos que adoptan (con fuerte respaldo económico), el activismo antisistémico y los ideólogos incrustados en el campo popular para impedir su constitución en bloque histórico–político (reduciendo la lucha a corporativismos ideológicos); como lo admitió hace poco Larry Fink, CEO de BlackRock.
En ese contexto, la política ya se halla privatizada, siendo los lobbies congresales el conducto mediante el cual se controla y diseña las políticas estatales. Esto ha conducido al escenario postdemocrático que ya sufrimos (el propio concepto de democracia precisa una resemantización que desencubra su errática demarcación basada en los prejuicios de la narrativa imperial). Ya no escoge la sociedad y menos el pueblo, sino las agencias de inteligencia, los softwares, los algoritmos y la IA.
Sudamérica es la nueva arena de disputa financiera. Si de tercera guerra hablamos, ya estamos metidos en ella y se trata de la guerra del dólar contra toda soberanía monetaria (la destrucción masiva ya no se expresa tanto en el espectáculo militar sino en el proceso de degradación humana, sometida al desprecio y la indiferencia por la vida ajena, enmarcada por la incertidumbre y el abandono total de esperanza en un mundo inclemente). El rapto de la economía mundial significa la preservación de toda la institucionalidad global dólar-céntrica (en manos de los fondos de inversión), siendo, esta disputa sobre los recursos estratégicos y los corredores de suministros, la única garantía de restauración de Occidente (de sus principios y valores, o sea, sus negocios). Si el fascismo actual se ampara en la doctrina “Don-roe”, la “izquierda progre” cree que los demócratas son diferentes y que puede negociar con los financiados por Soros y otro tipo de capitales. Pero todo ello no es más que meterse en el banquete, pero para ser devorado. Aun así, las ilusiones “progres” siguen siendo seducidas a seguir por la misma vía que le condujo el fracaso. ¿Es mejor Soros que mal acompañado?
Por eso el triunfo de Lula, si desea volcar nuestra suerte regional y decidir lo que ya propuso el comandante Chávez (y nadie le entendió), deberá acabar con la subordinación al dólar y hacer de la región la plataforma estratégico-disuasiva del BRICS+. Generando las condiciones para que las potencias emergentes tampoco estén vacilando sus opciones frente al dólar. En lo referente a Brasil, Washington ya decidió, como lo expresó la CIA el 1973 en el Chile de Allende: una vez agotada la vía constitucional, viene la estrategia golpista.
Por eso, si lo que se jugó realmente en la elección de Lula, es nuestra suerte regional, éste debe aprender que un pueblo no se constituye en pueblo sólo para votar sino para crear poder popular. Esa experiencia no está en la agenda política “progre”. Toda la elite política “progresista” no cree en el pueblo, por eso ella misma vacía su legitimidad dejando en la orfandad al pueblo, sin poder constituirse en poder popular. Por eso Washington escarmentó, desde entonces, por medio del pueblo chileno, a todo su patio trasero, a no cuestionar ni enfrentar a su poder. Nuestros pueblos siguieron resistiendo, pero sin el acompañamiento orgánico de una izquierda que terminó capitulando y traicionando a nuestros pueblos y su vocación revolucionaria.
Los “progres” sólo son otro proyecto de emancipación restringida y selectiva (un cambio de elites para mantener la lógica de poder colonial), en los términos de inclusión que el propio sistema político admite; por eso pactan con los poderes fácticos, creyendo que eso les garantiza estabilidad cuando es, en realidad, el modo cómo la derecha administra su retorno siempre en mejores condiciones (preparado, para su desgracia, por la propia izquierda).
Ese es el verdadero reto de Lula; que ningún gobierno “progresista” pudo consolidar: iniciar un proceso de constitución del pueblo en poder popular, ya que es la única garantía para enfrentar al fascismo creciente en nuestra región. Un pueblo organizado y hecho sujeto histórico-político y no simple obediente, es la primera tarea de un Estado comprometido con su pueblo y su historia. Eso es lo que define y decide su pretensión revolucionaria.
La política verdadera se determina en política exterior y, en ese sentido, Lula tiene ahora la oportunidad de liderar una liberación continental y no estar cayendo en las trampas del nuevo asalto financiero (que están diseñadas para disciplinar las economías nacionales, como el chantaje de la austeridad fiscal, eliminación de subsidios, flexibilidad cambiaria, etc., con el fin de quedar atrapadas en la lógica de la deuda infinita), agenciado diligentemente por las oligarquías locales, mediante los relatos mediáticos de desprestigio político de las apuestas populares, para hacer fracasar toda alternativa que pueda viabilizar el Estado. La burocracia y los tecnócratas locales, como operadores del control de la administración estatal, son los encargados de subordinar la política a las necesidades burocráticas que están diseñadas para hacer de todo cambio, un cambio que no cambie nada.
En ese contexto, la “izquierda progre”, que acabó rifando la última ola de insurgencias populares (reciclada por la academia globalista, promoviendo supuestos críticos de relevo político, funcionales al sistema, siendo también responsables de este escenario y del posible desmoronamiento del campo popular), cree que, reiterando sus dogmas de manual puede comprender el sentido y la superación de la crisis actual. Busca inmerecidamente el relevo en el poder político, pero de nuevo sin autocrítica, sin evaluación y sin proyecto poscapitalista.
Las luchas que plantea esta izquierda, están condenadas al fracaso, porque fueron imaginadas y pensadas en una realidad que ya no existe. Eran factibles cuando el capital era pura objetividad. Ahora es, sobre todo, subjetividad social, siendo además racista, excluyente y defensora de los prejuicios oligárquicos El sistema ya no es homogéneo, ni siquiera en sus dicotomías, tampoco es la diagramada por la relación base-superestructura. El poder ahora está construido sobre tecnología crítica avanzada y vigilancia profunda en un despliegue operado por la revolución financiera poshumanista y posindustrial. Desde el estallido de la burbuja financiera del 2008, el dólar es el desarrollo de un esquema Ponzi complejizado al límite. La izquierda cree poder incluir sus apuestas políticas al sistema, denunciando la estafa, sin darse cuenta que la estafa misma es el sistema.
Ahora es más acertada la sentencia de echar por tierra el sistema mismo. Seamos coherentes entonces y exijamos lo imposible (para el sistema). Si sólo quien ve lo invisible hace lo imposible, entonces sólo haciendo lo imposible descubriremos otras posibilidades para que la vida siga siendo posible para todos. Porque es como crece y se realiza una existencia afirmada como comunidad: brindándose al otro es como se recibe y relegando al ego es como se encuentra uno a sí mismo.
La Paz, Chuquiago Marka, Bolivia, 26 de octubre de 2026
Rafael Bautista S., autor de: La Descolonización de la Política.
Introducción a una política comunitaria, 2014.
Dirige “el taller de la descolonización”
rafaelcorso@yahoo.com
1 Palabras de Karl Rove, asesor de George Bush hijo, mencionadas por Ron Suskind, editorialista del Wall Street Journal. Revela aquí los términos de una conversación que había mantenido, durante el verano de 2002, con el asesor de Bush: “Me dijo que las personas como yo formábamos parte de ese grupo de tipos pertenecientes a lo que nosotros llamamos la comunidad basada en la realidad (the reality-based community): ustedes creen que las soluciones surgen de su juicioso análisis de la realidad observable. Yo asentí y murmuré algo sobre los principios de las Luces y el empirismo. Pero él me interrumpió: El mundo ya no funciona de esa manera. Ahora somos un Imperio, prosiguió, y cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad”. Esto es aplicable a toda la izquierda en general, sobre todo la eurocéntrica, incapaz de desprenderse de la narrativa de la “realidad objetiva” de los medios, que crea el propio Imperio.
