Una variable real en la ecuación actual Irán- Estados Unidos (Israel)

Una variable real en la ecuación actual Irán- Estados Unidos (Israel)

Este jueves 26 de febrero de 2026 se desarrollará una nueva ronda de negociaciones entre Washington y Teherán. La fecha es crucial, porque puede marcar, para la historia mundial, el inicio de una escalada de alta intensidad o abrir un margen para la descompresión estratégica.

El proceso no comienza ahora. Hubo una primera ronda el 6 de febrero, de carácter indirecto y mediada por el Sultanato de Omán. Posteriormente se realizó otra reunión, el 17, en Ginebra, que no produjo avances sustantivos. La cita de este viernes se inscribe, por tanto, en una secuencia diplomática frágil y todavía inconclusa.

La relevancia del momento recuerda, en términos estructurales, la crisis de los misiles de 1962, retratada en películas como Thirteen Days, sobre la crisis de octubre entre Estados Unidos y la Unión Soviética. No se trata de afirmar una equivalencia mecánica, pero sí de reconocer que estamos ante una situación donde errores de cálculo, percepciones distorsionadas o decisiones precipitadas pueden llevarnos al fin del mundo. La política internacional debe guiarse por la racionalidad pero, es cierto también que lo hizo por su contrario, la irracionalidad.

Las dos líneas rojas iranies están claras: el desarrollo de su programa nuclear, que Teherán presenta como soberano, y el mantenimiento de su programa de misiles balísticos e hipersónicos, concebidos como instrumentos de disuasión frente a Israel. En su narrativa estratégica, esto no es una cuestión ideológica sino existencial.

Para Estados Unidos, el dilema es distinto pero igualmente estructural. Una confrontación directa no sería un evento limitado. No se reduciría a intercambios de misiles contra bases regionales, portaviones o territorio israelí. El problema es la secuencia de reacciones. Si Washington o Tel Aviv lanzaran un ataque directo, la respuesta iraní probablemente no sería proporcional en términos clásicos de escalada controlada, sino expansiva, bajo la lógica de que su supervivencia está en juego.

El escenario se vuelve aún más riesgoso si se considera la posibilidad de que un portaviones estadounidense fuera hundido. Más allá de la dimensión militar, implicaría una crisis ambiental y un salto cualitativo en la presión interna para una represalia mayor. A partir de ese punto, la escalada podría cruzar umbrales extremadamente peligrosos.

La variable nuclear añade otra capa de incertidumbre. Israel es considerado poseedor de un arsenal atómico no declarado, fuera del marco formal del Tratado de No Proliferación Nuclear y bajo la vista gorda de la Agencia Internacional de Energía Atómica. Si se produjera una escalada nuclear regional, el conflicto dejaría de ser bilateral.

Además, Irán no es un actor aislado. Es un nodo geoestratégico central en la arquitectura euroasiática. Constituye una retaguardia operativa clave tanto para Rusia como para China en Asia Occidental. Es un punto de articulación de la Iniciativa de la Franja y la Ruta impulsada por Pekín y un eje logístico que conecta el espacio ruso con el océano Índico. Desde esta perspectiva, cualquier ataque estructural contra Irán afecta indirectamente a proyectos estratégicos más amplios.

En este marco, el conflicto potencial no sería únicamente ideológico ni limitado a la disputa entre un régimen y un imperio. Lo que está en juego es un modelo de producción del espacio geopolítico. Estados Unidos ha estructurado históricamente regiones mediante redes de bases, alianzas militares y sanciones que estabilizan áreas conforme a sus intereses estratégicos y económicos. En contraste, la articulación euroasiática propone corredores logísticos, integración energética y esquemas alternativos de conectividad.

Si la confrontación escalara, podrían abrirse frentes paralelos. Por ejemplo, un deterioro extremo del orden de seguridad podría alterar los cálculos estratégicos en el Pacífico. Si Estados Unidos ataca a Irán, ¿por qué no podría hacerlo China con Taiwan? La simultaneidad de crisis es uno de los mayores riesgos sistémicos en un entorno de competencia entre grandes potencias.

Este 26 de febrero de 2026 que se avecina, o se consolida una racionalidad estratégica que reconozca los límites de la coerción y la necesidad de negociación, o se ingresa en una dinámica de acción–reacción que podría escapar al control de todos los actores involucrados.

Y no estoy siendo alarmista. Estoy haciendo un cálculo de riesgos con la seriedad que exige el presente: la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial es una variable real en la ecuación actual. Espero que en las próximas horas prevalezca la racionalidad en Ginebra, especialmente desde el bando estadounidense. En un mundo interconectado por el riesgo nuclear y la interdependencia económica, la única victoria posible es la preservación de la vida.

Por Felipe Limarino

El Alto-Bolivia, 24 de febrero de 2026, día del Grito de Baire, que marcó el reinicio de la guerra de independencia cubana contra España en 1895.

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