Por Felipe Limarino
Lo que ocurre hoy con Irán, en el corto plazo, es la continuación lógica de un conflicto que se venía incubando desde, al menos, la llamada Guerra de los Doce Días, que concluyó con un pedido explícito y desesperado de auxilio de Israel a Estados Unidos. La respuesta de Washington fue casi mágica y profundamente simbólica, lanzó una bomba sobre un búnker vacío en territorio iraní. Un gesto más performativo que estratégico, diseñado para enfriar la lanzadera de misiles, pero que reveló una voluntad de acción directa. En aquel entonces, Irán ya demostró su inmensa y sostenida capacidad de respuesta, lanzando oleadas de misiles que saturaron las defensas israelíes. Había que parar a Irán diciéndole que había vencido mediante un gesto ambiguo para salvar las apariencias.
Hoy, la situación es radicalmente distinta. Irán no es el mismo actor de hace unos meses atrás. Ha aprendido de sus errores, ha corregido debilidades técnicas y tácticas, ha integrado un arsenal más diversificado y preciso a pesar del debilitamiento de su red de aliados y proxies en la región. Esto no implica que tenga la victoria garantizada en un conflicto total, pero sí significa que Estados Unidos e Israel ya no enfrentan al Irán de antes. Enfrentan a una potencia regional endurecida por las sanciones, con una doctrina militar asimétrica probada y una disposición a absorber y devolver el golpe.
Este pulso ocurre en un contexto interno iraní extremadamente adverso. Una hiperinflación que ha erosionado el poder adquisitivo (superando el 50% interanual en los últimos años), sanciones externas que operan, en los hechos, como armas de destrucción masiva de carácter económico, estrangulando la economía y la salud pública, y una sequía histórica que ha llevado al país al borde de una crisis hídrica. Sobre este suelo fértil para el malestar, se intentó injertar la revolución de colores milagrosamente brotada hace pocos días. Iniciada a partir de protestas legítimas por diversos motivos, fue rápida y visiblemente cooptada, radicalizada y empujada hacia escenarios de violencia extrema. Grupos infiltrados asesinaron agentes de seguridad, incendiaron instituciones y buscaron deliberadamente instalar el caos generalizado. Muchas imágenes y videos difundidas por redes sociales fueron creadas por AI o correspondían a eventos pasados o en otros países. Estas operaciones, cuyo objetivo último es el cambio de régimen, son un manual conocido. No funcionaron en Venezuela (con el fallido intento de incursión armada de 2020 y sus guarimbas) y no han logrado su objetivo en Irán a pesar de la presión.
Sin embargo, ahora son traídas de vuelta para dar una pátina de materialidad a una narrativa descabellada de intervención humanitaria. Donald Trump prometió responder con fuego si las fuerzas de seguridad persas disparaban contra manifestantes. Hipocrita. ¿De dónde surge este interés repentino y selectivo de Washington por los derechos humanos en Irán? ¿Y qué decir de los más de 50,000 palestinos asesinados por el ejército israelí, según cifras de la ONU y organismos de derechos humanos? Trump, y gran parte del establishment occidental, no dijeron nada. ¡Absolutamente nada! No se trata solo de cinismo o narcisismo; es la expresión de una política exterior que instrumentaliza la moral según su conveniencia geopolítica.
Pero esa ventana de oportunidad para la desestabilización interna ya se cerró. Cientos de miles de iraníes salieron a las calles no para derrocar, sino para respaldar al gobierno tras las amenazas externas. Estados Unidos, en particular, perdió el momento. Demoró en exceso la escalada que sus halcones prometieron. La palabra fue empeñada, pero el tiempo pasó, permitiendo a Teherán reconfigurar el campo de batalla interno. De aquí en adelante, la incertidumbre reina. Pero hay una certeza, el compromiso político de Washington con Israel es inquebrantable y ya fue asumido. Es un punto de no retorno.
Los escenarios para cerrar, o abrir de par en par, este conflicto son limitados y peligrosos:
1. Una intervención quirúrgica al estilo del intento en Venezuela, que difícilmente se mantendría contenida. Irán respondería de manera inmediata y masiva, forzando una escalada rápida.
2. Una confrontación directa y declarada entre Irán e Israel, que esta vez, dadas las nuevas capacidades iraníes, tendería a escalar de manera aún más impredecible y probablemente más favorable a Teherán en términos de coste y desgaste para sus oponentes.
La pregunta decisiva es ¿quién impone límites si esto se desborda? Irán ha dejado claro, a través de sus altos mandos militares, que está dispuesto a irse a la tumba llevándose consigo a Israel, así como a las bases y países aliados de Estados Unidos en la región. Este no es un bluff retórico; es una doctrina de disuasión por la mutua destrucción asegurada regional. Ese escenario abre, sin exageración alguna, la posibilidad real de una guerra mundial, al arrastrar a potencias globales y bloques de alianzas en cadena. Por ello, Irán es el primer gran contrincante serio, cohesionado y con capacidades de retaliación catastrófica, ante el cual veremos hasta dónde puede llegar Estados Unidos y hasta dónde puede sostener a Israel sin que el mundo arda.
Lo que se está poniendo a prueba es si Washington conserva todavía la capacidad efectiva de imponer su voluntad en un teatro clave, más allá de actos simbólicos que producen efectos narrativos y cierta performatividad imperial, como el citado bombardeo a un búnker vacío o el reciente secuestro y consiguiente circo judicial alrededor de Nicolás Maduro, pero que no se traducen en control real sobre el terreno. Se trata de medir hasta dónde llega su poder en un momento histórico de declive relativo.
Para el Sur Global está en juego el multilateralismo y el proyecto de un mundo multipolar. Está en cuestión si los BRICS, y el eje de cooperación entre Rusia, China e Irán, podrán sostener el impulso que venían mostrando para ofrecer un contrapeso real. Una nueva cumbre de los BRICS se avecina. Incluso ese foro, símbolo de la alternativa, hoy está bajo la sombra de la guerra. No es una exageración afirmar que, en la trayectoria más catastrófica, existe la posibilidad del uso de armas nucleares. Por eso esta coyuntura es fundamental, es un stress test para el orden mundial.
Mientras tanto, en Sudamérica y en Bolivia, muchos prefieren repetir el mantra tranquilizador y miope de que lo que estamos viendo es simplemente la crisis terminal del régimen iraní. ¡Qué casualidad! Justo ahora, cuando el tablero global se tensa al máximo, entraría en colapso espontáneo el pilar fundamental de la resistencia antihegemónica en Medio Oriente. No es casualidad. No es posicionamiento crítico. Es estupidez.
El Alto, 14 de enero de 2026
