LA TRAICIÓN: DE HIPÓTESIS OFICIOSA A ECUACIÓN DE DESARTICULACIÓN POPULAR

el proceso de acumulación conservadora del termidor

Por Rafael Bautista S.

A las Comunas, lugar desde donde debe

crearse el poder estratégico

Se hace inevitable preguntarse por la supuesta facilidad con la cual se produjo el operativo del secuestro del presidente Maduro y su esposa. Pero cuando esto desplaza la consideración crítica de la magnitud geoestratégica que representan las consecuencias en el equilibrio estratégico global, dentro de un contexto interrogativo que debiera desentrañar el vacilante escenario geopolítico, sobre todo para nuestra región; entonces la hipótesis de la traición pareciera cumplir otra función, pues se adhiere a un universo narrativo, cuyo objetivo inmediato es desarticular la rearticulación popular y desmoralizar la misma resistencia, haciéndola parecer incluso inútil.

Ese, por supuesto, es siempre un detonante imperial de demolición planificada de los procesos revolucionarios. En ese sentido, hipótesis comedidas, hasta “bien intencionadas”, se ven enmarañadas en los dispositivos de la guerra cognitiva imperial, cuyo propósito inmediato es apoderarse de las claves narrativas de hermenéutica política y darle sentido funcional al conjunto de hipótesis instrumentalizadas para descolocar y desarticular, mediante la deshonra, la propia lucha revolucionaria.

Ahora, por supuesto que una operación semejante, desata siempre las precoces conclusiones de la complicidad interna. Pero si las propias agencias de inteligencia imperial son las que difunden esquemas a favor de la hipótesis de la traición interna (incluso diseminando argumentos de sospecha verosímil), entonces la legitimidad de la hipótesis resulta cuestionable, puesto que la presunción ya no presume la inocencia sino la apresurada culpabilidad.

Por eso queremos proponer, más bien, una reflexión que no se empantana en la hipótesis de la traición sino que, apunta más bien, a describir el proceso de acumulación conservadora del termidor, en todo proceso revolucionario[1]. Como ya hemos señalado anteriormente (refiriéndonos al caso boliviano), el termidor es aquel apoderamiento del ámbito de las decisiones (el poder sustraído al pueblo), que invierte los acentos profundamente democráticos de una revolución popular e imponiendo una ortodoxia que diluye aquello, devuelve la situación revolucionaria a la continuidad obediente del orden que se pretendía trascender; es decir, lo más genuinamente revolucionario, es invertido para preservar la corrección política.

O sea, para preservar la revolución, en nombre de la revolución, debemos limitar la revolución. Pero limitar las posibilidades revolucionarias, cuando tal principio ya no tiene nada de estratégico sino sólo de sobrevivencia pura, surge cuando se pretende que, tales posibilidades, ya no emergen de lo potencial revolucionario sino de la permisividad del orden instituido. La revolución ya no expresa la crítica radical al orden establecido sino a la obediencia a lo que el orden mismo permite.

Entonces, vayamos más bien, a construir elementos de reflexión estratégica del proceso de acumulación crítica de una revolución; ya que esa acumulación también significa su inevitable procreación de tendencias contradictorias, siendo una de ellas, la resistencia conservadora al interior de sus propias opciones, manifestadas en la dirigencia misma, envuelta en el campo decisivo de las definiciones. Y esto tiene que ver con el papel que adquiere el termidor justo en coyunturas de resolución democrático-popular de una revolución.

En ese contexto, el peligro manifiesto de la radicalización del proceso revolucionario tiene, para el termidor, el temor de avanzar hacia lo abismal propio de una democratización real del ámbito de las decisiones. La desconfianza al pueblo, desde la condición elitista de todo centralismo dirigencial, genera el ámbito de restitución del restablecimiento del poder y su lógica determinista.

El distanciamiento del pueblo genera también el vaciamiento paulatino de su vocación profundamente democrática. El pueblo mismo se desarticula como bloque y se produce un cisma que alimenta el retorno conservador. En tal caso, este desprecio platónico de la democracia es, en realidad, un temor aristocrático al pueblo hecho sujeto o creador indiscutible del poder popular. Porque la cuestión a dirimir es siempre: dónde se ejecuta la dirección y el mando; pero aún más, dónde se establece el nicho y el locus mismo de la soberanía del poder.

Saint Just lo manifestaba de este modo: el que pretende hacer revoluciones a medias, cava su propia tumba. Pero también la radicalización puede conducir al extremismo y es el caso de Robespierre, sumido en el espíritu del termidor, como sujeto sustitutivo, porque opta por un radicalismo sin método y, en nombre de la propia revolución, la avienta al paroxismo (sobre todo al deshacerse de Danton, el referente popular). Robespierre es la figura que impone la infalibilidad que pretende asegurar un orden revolucionario, a condición de someterse a la ortodoxia que impone el termidor

Pero es, sobre todo, del lado de la prudencia y la moderación, de donde nace el factor conservador de la revolución. En tal caso, la desconfianza no se dirige a la clase decadente sino al pueblo emergente, que siempre apuesta por la radicalización, o sea, por la profundización de la revolución. En ambos sentidos, el termidor acaba con la base profundamente democrática de los inicios de la revolución y, en nombre de ella, para “salvarla de sí misma”, la vacía de sus propios contenidos y la convierte en un proyecto de restitución del poder existente, para que la dirigencia se constituya en nueva elite política, en pugna por la acumulación de ámbitos detentadores del poder.

Porque, en última instancia, todos retornan a su origen de clase, el termidor, en coyunturas decisivas, mide y tasa sus expectativas, y la revolución se constituye en objeto a disposición de sus propios intereses. Pero el pueblo vive la revolución y no sólo la merodea o, en el peor de los casos (como suele hacerlo la dirigencia), la contempla, o sea, la espía, evalúa sus conveniencias y calcula sus intereses. Por eso el pueblo apuesta su vida en esa experiencia que le sitúa, como consciencia anticipatoria[2], en lo más propositivo de sí. No es el caso del termidor, que es, por lo general, un advenedizo que sabe cómo incrustarse en el ámbito de las decisiones.

Y aunque pueda provenir desde dentro de la revolución, son sus aspiraciones conservadoras, incluso abarrotadas de “buenas intenciones” (que aquí debe leerse como “prudencia conservadora”) las que hacen que la fidelidad se haga un significante mágico que cree “poder servir a dos amos”. Aunque no se conciba por encima de la revolución, se ve como el portavoz de la razón de ser de ella misma. El termidor mismo, por medio de la ortodoxia que instala, se presenta como el sujeto sustitutivo que desplaza al pueblo del ámbito de las decisiones y, se ofrece como la garantía de la revolución misma.  

La revolución bolivariana también tiene su proceso de acumulación de tendencias paradojales entre sí. Desde la ausencia del comandante Chavez y con la elección de Nicolas Maduro como presidente, siempre se supo de, por lo menos, dos expresiones que pugnaban la dirección ideológica del proceso bolivariano. Maduro, en cuanto nuevo líder y más allá de sus propias apuestas, debía lidiar con esta realidad, como en todo proceso, haciendo de mediación operativa de toda resolución positiva.

Todos aquellos que critican al llamado “régimen”, haciendo eco de las narrativas imperiales de división, olvidan o no les interesa señalar lo que todo proceso revolucionario enfrenta en su devenir, bajo amenaza interna y externa, además de complicidad doméstica (aquí el purismo revolucionario hace eco del modo cómo se piensa desde el mercado o la planificación perfectas; pues prometen, en términos también perfectos, un mundo idílico sin contradicciones; y lo político de la existencia es precisamente lo contrario, porque es lo más real que enfrentamos, lleno de contradicciones y contingencias).

Todas las contradicciones internas dejan de ser sólo internas en el análisis geopolítico, por eso no se puede sustraer de la ecuación analítica el factor imperial. Hacerlo significa desconocer la guerra cognitiva instalada en las nuevas injerencias imperiales y la lucha de narrativas que se expone también en la geopolítica del sentido común[3].  

Una digresión. La guerra cognitiva se despliega no sólo para formatear la consciencia social sino, sobre todo, para administrar el universo narrativo que precisa la existencia para que el mundo tenga sentido.  La narrativa imperial produce sentido común, normaliza las lógicas de reproducción del poder en el sistema de creencias de la subjetividad moderna (o en proceso de modernización); en ese sentido, la guerra cognitiva constituye dispositivos de control, reconstruyendo constantemente una identidad acorde, en el caso actual, a la reposición cosmogónica imperial; siendo su acentuación más inmediata el romper vínculos con la historia, de modo que la ignorancia consecuente se envista de violencia teológica. Suprimida la historia, la política se suprime, aparece la inquisición, la cruzada sacrificial o el odio hecho política.

La guerra cognitiva está diseñada para producir identidades que usurpan el espacio común, desde el narrativo al territorial. La diseminación de los relatos se encubre de la ilusión del progreso: la civilización como superación de la barbarie. El éxito de la narrativa imperial supone que la consciencia social viva en los relatos producidos, o sea, vivan en la ficción. Hoy en día, la arena de confrontación de los relatos se da en las redes sociales; los presos del relato se hacen adictos a la ilusión de libertad que venden los medios.

Ahora que la decadencia del mundo que impuso la narrativa imperial se hace innegable, se movilizan todos sus recursos para restituir el tipo de mundo que precisa el Imperio para seguir siendo Imperio. El “otro mundo es posible” es la verdadera amenaza al “mundo sin alternativas”. En tal caso, la reconstrucción narrativa de la legitimidad de una revolución se constituye en un asunto de defensa de la soberanía.

La autoridad imperial, mediante la colonización de la subjetividad periférica, impone su relato sobre la propia identidad y nos dice quiénes somos, rapta nuestra propia historia y la vuelve una ficción. La autodeterminación ya no existe cuando la consciencia ya no se determina a sí misma ni se realiza como intersubjetividad, o sea, como comunidad. La soberanía consiste ahora en la recuperación del punto de necesidad del acto de narrar y dotarle de sentido a lo acontecido en la autoconsciencia histórica de nuestros pueblos.

En ese sentido, la lucha es siempre, primeramente, narrativa. Volviendo al tema. El termidor es la representación de la consciencia desdichada. Su escisión proviene del pretender servir a dos amos, es decir, del situarse en el mundo y en la negación de ese mundo. Como no vive la revolución, tampoco la comprende y, en consecuencia, no cree en ella y, por eso, no la impulsa ni la desarrolla. En tal caso, la direccionalidad que le da, dirige los esfuerzos revolucionarios a la reposición de los factores regresivos que reeditan las mismas contradicciones acentuadas por el continuo acecho imperial.

Por eso repetimos siempre, en política no se trata de criticar a los actores sino a las categorías políticas que encarnan estos actores. Los marcos hermenéuticos y el tipo de percepción que se tenga son, en definitiva, los que deciden las apuestas que se realizan, incluso en nombre de la revolución. Es decir, más que de una traición, lo que se debiera evaluar son el conjunto de decisiones que se toman para llegar a semejante escenario que pone en evidencia, no sólo vacíos sistémicos o incompetencias estratégicas sino direccionalidades discrepantes con la base democrática y popular de una revolución. 

Mientras se van tejiendo todos los análisis descriptivos del secuestro, se van apartando conclusiones apresuradas que ahora ya son contrarrestadas con nuevos hechos verificables. Sí hubo resistencia. Aunque la sorpresa haya sido el factor determinante, se da cuenta de bajas entre personal cubano y militares venezolanos. El operativo no fue improvisado sino tuvo meses de preparación táctica y de infiltración. Se hizo uso de EMP o armas de pulso electromagnético. Al bombardear La Carlota y otros centros de operación militares se inutilizó eficientemente la respuesta inmediata, aunque eso también expone la excesiva retorica de subestimación de las capacidades imperiales, por parte de la dirigencia gubernamental, militar e intelectual.

Ni China ni la Federación Rusa podían entrar en acción y correr el riesgo de escalar todo a una confrontación nuclear. La respuesta china ha sido silenciosamente hecha en el ámbito comercial, económico y financiero. Rusia puede prestar todo el apoyo necesario pero, como en lo acontecido en Siria, no puede operar directamente en la defensa; eso ya significaría casus belli y así como están las cosas, Washington y la Unión Europea sólo esperan eso para desacreditar a Rusia frente al mundo. Pues no se trata sólo de poder bélico sino de legitimidad global y eso lo sabe muy bien Putin.

La carta a la que juega Washington, desde el Pentágono, apunta a arrastrar al mundo al MAD o Mutual Assure Destruction. La destrucción mutua asegurada es a lo que apuesta la decadencia imperial. Por ello sigue vigente la amenaza de los halcones: “si caemos, haremos hasta lo imposible para que el mundo entero caiga con nosotros”. La frase se la volvió a escuchar en Israel, ante la posibilidad de la guerra contra Irán.

¿Cómo se dibuja ahora el panorama y los escenarios probables del tablero geopolítico, sobre todo para el arco sudamericano? Trump ya dio la pauta: “No necesito del derecho internacional”. Así piensa y así se ejerce la dominación, cuando se muestra como lo que verdaderamente es: “me basta mi propia moral”. Si no hay límites para el desenvolvimiento de Mi voluntad, entonces, todo me está permitido. La derecha latinoamericana ya tiene el argumento sin argumento para el asalto definitivo de la región. El dólar y su geoeconomía inmediata necesita de ese asalto para sobrevivir en un nuevo orden mundial.

Mientras tanto, el termidor de la revolución, a nombre de ella misma, incrustado en nuestros procesos de recuperación democrática, seguirá apostando por su inclusión en el sistema político, aun cuando éste se encuentre ya en estado de putrefacción. La decadencia es ya interna y se expone en su propia (in)moralidad. Por eso hasta los dirigentes europeones o lideres europillos ya no saben cómo justificar al líder del “mundo libre”. El propio secuestro del presidente venezolano ha desprestigiado aún más la política exterior gringa. Su vergonzosa exposición no ha hecho más que desnudar su cruda realidad: desprecia a todo el mundo, pero vive gracias a él.

La disputa por el arco sudamericano sólo podrá resolverse por cuenta propia. Frente a la “Nueva estrategia de Seguridad Nacional” o Doctrina Trump, como amplificación, desarrollo y culminación de la Doctrina Monroe (llamada ahora Donroe); que es la determinación política de la meta-narrativa del Destino Manifiesto, nos urge enfrentarla con otra meta-narrativa.

Pero ésta ya no puede emerger de la identidad latinoamericana sino de las culturas y los pueblos del Abya Yala. Si la política de nuestros países quiere integrarse en el nuevo tablero geopolítico del siglo XXI, sólo podrá hacerse desde la memoria histórico-ancestral que prevalece como referente máximo de estatura civilizatoria. Hoy mas que nunca tiene pleno sentido aquel axioma histórico-político que afirma que, un pueblo sin memoria es un pueblo sin identidad. Es decir, un pueblo sin historia es un pueblo sin destino, porque aquello que no tiene destino, tampoco tiene sentido.

La Paz, Chuquiago Marka, 12 de enero de 2026
Rafael Bautista S., autor de:

Hacia la Universalización de los Códigos del Vivir Bien, 2025

Dirige “el taller de la descolonización”
rafaelcorso@yahoo.com


[1] Sobre el concepto del termidor ver nuestros trabajos: El “termidor” de la revolución democrático-cultural, en: El tablero del siglo XXI. Geopolítica des-colonial de un nuevo orden post-occidental, yo soy si Tú eres ediciones, La Paz, Bolivia, 2019; también: Anatomía del termidor del “proceso de cambio”, en nuestro libro: El ángel de la historia. vol. II. La disputa del arco sudamericano y la geopolítica del reinicio global 2020-2024, yo soy si Tú eres ediciones, La Paz, Bolivia, 2024.

[2] Ver nuestro: El ángel de la historia. vol. II. La disputa del arco sudamericano y la geopolítica del reinicio global 2020-2024, ed. cit.

[3] Ver nuestro trabajo: Geopolítica del sentido común: ¿Por qué triunfa Bolsonaro?, en nuestro libro: El tablero del siglo XXI. Geopolítica des-colonial de un nuevo orden post-occidental, ed. cit.

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