La disonancia cínica entre discurso y práctica de la Cancillería boliviana

La disonancia cínica entre discurso y práctica de la Cancillería boliviana

Por Felipe Limarino

Si antes el modo de hacer diplomacia del Movimiento al Socialismo se conocía como Diplomacia de los Pueblos, ¿qué nombre merece ahora la pantomima de Rodrigo Paz tras su progresivo y vergonzoso alineamiento, sobre el cual constantemente intentan dorarnos la píldora negando lo que a plena luz está ejecutando? ¿Diplomacia del cinismo descarado? ¿Diplomacia del doble discurso? Se los dejo a ustedes.

El comunicado de la Cancillería del 4 de marzo de 2026, justifica el retiro del Grupo de La Haya por ser una “instancia informal orientada a abordar determinadas cuestiones de la agenda internacional”. Falsedad. El grupo fue constituido como mecanismo de contrapoder frente a la parálisis del Consejo de Seguridad de la ONU, secuestrado históricamente por el veto estadounidense, para coordinar posiciones respecto al cumplimiento del derecho internacional ante la invasión y ocupación israelí en Gaza y el seguimiento de resoluciones de la Asamblea General y la Corte Internacional de Justicia. No es un foro marginal, es una iniciativa de Estados del Sur Global para ejercer presión política ante crímenes de lesa humanidad. Presentarlo como espacio irrelevante constituye un encubrimiento geopolítico destinado a ocultar la verdadera naturaleza del retiro, la reinserción en la órbita de poder de Washington (y Tel Aviv).

La contradicción estructural es aún más grave. El comunicado afirma que Bolivia defiende el multilateralismo institucional de Naciones Unidas. Paradoja insostenible. El Grupo de La Haya surge precisamente como respuesta ante el colapso funcional del sistema multilateral tradicional ante la impunidad israelí. Abandonar este mecanismo de soft law y presencia diplomática colectiva equivale a desarmarse unilateralmente en el tablero internacional, debilitando la única vía disponible para materializar aquello que el propio comunicado dice defender. Es, en términos de realpolitik, entregar la ficha sin contrapartida.

La incoherencia se vuelve estratégicamente suicida al examinar los vectores de la política exterior actual. Mientras se invoca el multilateralismo como principio rector, el gobierno acelera su reincorporación a la arquitectura de poder estadounidense, potencia que ha sistematizado el unilateralismo global, desde la invasión de Iraq ignorando la ONU hasta el reconocimiento de Jerusalén como capital israelí violando resoluciones del Consejo de Seguridad. En el contexto de la reconfiguración multipolar y el ascenso de coaliciones alternativas (BRICS, eje Moscú-Pekín-Teherán), abandonar un espacio de articulación del Sur Global para priorizar una agenda bilateral con Washington constituye un error de cálculo geopolítico de proporciones históricas. No es pragmatismo, es vuelta al patrón de subordinación estructural.

La apelación al derecho internacional pierde toda credibilidad operativa ante la inconsistencia estructural respecto a Israel. Un comunicado anterior, del 28 de febrero, afirma compromiso con “la vigencia irrestricta de los derechos humanos”. Retórica vacía. Si el principio rector fuera realmente la defensa del derecho internacional, resultaría incompatible mantener relaciones diplomáticas con un Estado sometido a investigación por genocidio ante la CIJ, ejecutor de crímenes de guerra documentados por la Corte Penal Internacional y la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. La asimetría selectiva, condenar violaciones en un escenario y normalizarlas en otro, no es equilibrio diplomático sino aplicación geopolítica del derecho al servicio de intereses de poder.

La Cancillería Boliviana, y por ende el Estado, operan una disonancia cínica entre discurso y práctica. El resultado es una política exterior que invoca el derecho internacional mientras desmantela sus mecanismos de vigencia; proclama soberanía multilateral mientras reinstala la dependencia hemisférica; declara compromiso con los derechos humanos mientras los subordina a la lógica de alianzas con potencias invasoras de pueblos.

El Alto-Bolivia, 5 de marzo de 2026

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