“¿Y quién te ha dicho a vos que te voy a pedir permiso? Yo me voy a faltar sin permiso, poneme falta”. Esta frase, cargada de desafío y rebeldía, resume el espíritu con el que nació la moderna Fiesta de Comadres en Tarija.
Lo que hoy es un evento masivo que paraliza la ciudad y aspira a ser Patrimonio de la Humanidad ante la UNESCO, comenzó como un acto de insurrección de cuatro amigas del barrio El Molino que, cansadas de ver morir una tradición, decidieron tomar las calles, desafiar a sus jefes y maridos, y crear un espacio sagrado donde la única regla era celebrar la hermandad femenina.
El Origen: “Se Estaba Perdiendo”
A finales de la década de los 70 y principios de los 80, la costumbre de celebrar Comadres en Tarija agonizaba. “Nosotras, paradas en nuestra plazuela, dijimos, ¿por qué ya no hay las canastas? ¿Por qué ya no hacemos comadres?”, recuerda Carmen Julia Vargas, una de las fundadoras de las “Comadres Molineñas”, el grupo que lo inició todo. Con la tradición relegada al ámbito privado y campesino, encontrar una canasta o una “torta” (el pan ritual) en la ciudad era una odisea.
Decididas a rescatar la fiesta, las cuatro amigas recorrieron su barrio invitando a las vecinas. La respuesta inicial fue tímida: solo veinte aceptaron. Con un tocadiscos a pilas y un “chancao”, salieron a bailar a la plazuela. La imagen de esas mujeres, libres y alegres, fue la chispa que encendió la llama. “Para el año, por favor, nos han dicho”, cuenta Carmen Julia sobre las vecinas arrepentidas. Al año siguiente, eran 80.
La Toma de la Ciudad y el Espacio Exclusivo de Mujeres
Lo que hicieron las “Molineñas” fue revolucionario, explica el antropólogo Daniel Vacaflores. “La gran novedad de la década de los 80 es que han tomado las calles. Ya no era a mi comadre, sino era nosotras como mujeres. Han decidido, vamos a la plaza y tomemos la plaza”.
Fue una toma simbólica y literal de la ciudad por parte de las mujeres. Y con esa toma, vino una regla inquebrantable: los hombres no eran bienvenidos. “No les permitíamos a ningún hombre que se acerque a nuestra fiesta”, relata Carmen Julia.
Se organizaron grupos de comadres que hacían de guardianas en la puerta. Si aparecía un marido celoso queriendo “recoger” a su esposa, “se lo correteaba hasta que desaparecía”. El único hombre con permiso para entrar era el “compadre” del año, un amigo elegido por el grupo, pero nadie más. Esta rebeldía no solo se manifestaba en la fiesta, sino en la vida cotidiana.
Carmen Julia recuerda con orgullo cómo le respondió a su jefe en la prefectura cuando le negó el permiso para faltar el Jueves de Comadres: “¿Y quién te ha dicho a vos que te voy a pedir permiso? Yo me voy a faltar, poneme falta”. El jefe, cuenta, se quedó callado.
De la Rebeldía al Patrimonio: La Lucha por la Esencia
Ese espíritu de rebeldía femenina, de tomar un día al año como propio sin pedir permiso a nadie, es la esencia que hoy busca ser reconocida por la UNESCO. “Si nosotras vamos a ser declaradas patrimonio, es porque tenemos ese plus de que esta fiesta es solo de mujeres. Y no hay una fiesta en el mundo que haya sido declarada patrimonio cultural solo de mujeres”, afirma Carmen Julia.
El dossier, elaborado con el apoyo técnico de Daniel Vacaflores, ya fue presentado ante la UNESCO, con la “fertilidad” como eje simbólico. “Las mujeres somos la fertilidad y es la esencia de esta fiesta”, explica la fundadora. Sin embargo, las pioneras ven con preocupación cómo la modernidad amenaza con “desvirtuar” esa esencia. “Nos sentimos como avasalladas, porque no es esa la idea que nosotros hemos tenido”, lamenta Carmen Julia, refiriéndose a las fiestas mixtas y a la pérdida del carácter exclusivo y de cuidado mutuo que dio origen a la celebración. A pesar de los cambios, la lucha de las “Molineñas” y de miles de mujeres que tomaron las calles sigue viva, recordando que la Fiesta de Comadres es, ante todo, un acto de libertad.
