Por Felipe Limarino
No cabe duda: se ha producido un giro visible en la política exterior boliviana pero nada nuevo bajo el sol; más bien, un retorno a los caminos ya trillados de la atracción de inversiones extranjeras directas, el endeudamiento con el sistema financiero del orden mundial estadounidense (atlantista) y la rearticulación a los circuitos regionales y globales del capital. Un neoliberalismo 2.0 resiliente y dispuesto a trascender más allá de la difunta globalización.
- El movimiento más significativo ha sido la normalización de relaciones con Estados Unidos tras casi dos décadas de distanciamiento. Se abren así las puertas al financiamiento multilateral, se reduce la incertidumbre macroeconómica y se reintroduce a Bolivia en canales institucionales de crédito y cooperación. Por contrapartida, Bolivia promete reformas regulatorias, disciplina fiscal y gobernanza empresarial.
Sin embargo, el acceso a financiamiento multilateral no es una variable predominantemente técnica, condicionada únicamente por reformas internas. Tampoco basta con señalar que, si la apertura se traduce en mayor endeudamiento sin transformación productiva, el reposicionamiento podría derivar en una nueva forma de dependencia financiera. Sí, eso es posible, pero no toca la médula del asunto.
La reapertura de canales de crédito no es solo resultado de disciplina fiscal o reformas regulatorias; también constituye una señal política: la luz verde para el alineamiento mínimo con las reglas del orden financiero occidental. Por lo mismo, la reducción del riesgo país y la estabilización de expectativas son efectos inmediatos que invisibilizan compromisos de reforma estructural que limitan los márgenes de política industrial. El FMI, el Banco Mundial o el BID no operan únicamente como prestamistas técnicos; son, sobre todo, dispositivos de gobernanza económica internacional donde el poder de voto y la capacidad de agenda están concentrados particularmente en Estados Unidos. Entonces, el acceso al crédito no elimina la subordinación; la reorganiza.
- La relación con Brasil y su vinculación con el MERCOSUR se han convertido en el eje regional de la estrategia exterior boliviana. El acercamiento con Lula y el impulso a los corredores bioceánicos reflejan una apuesta por la integración logística sudamericana, consecuencia de una idea cara al pensamiento internacionalista boliviano: la apuesta por corredores bioceánicos como forma de sortear la mediterraneidad. La conexión Atlántico-Pacífico, mediante infraestructura ferroviaria y vial, tiene implicancias geoeconómicas y geoestratégicas profundas. Se supone que, de concretarse, transformaría a Bolivia de país mediterráneo dependiente en nodo logístico regional.
La adhesión plena al Mercosur —iniciada en 2015 durante el gobierno de Evo Morales y concretada en 2024 bajo la administración de Luis Arce, es decir, durante el MAS—, junto con la coordinación en infraestructura, apunta a insertar a Bolivia en redes comerciales más densas y estables.
Pero el problema no radica en que Bolivia acceda al MERCOSUR. El verdadero dilema es que la adhesión boliviana no ocurre en un momento de expansión estratégica del bloque, sino de repliegue negociador y asimetría estructural.
Bolivia se incorpora a un MERCOSUR que ya cerró un acuerdo altamente cuestionado con la Unión Europea, definió compromisos arancelarios y regulatorios, e internalizó concesiones que priorizan la apertura industrial y limitan la política productiva (https://n9.cl/ndndr0). Su margen de renegociación es mínimo, salvo que el bloque entero reabra capítulos, lo cual es improbable.
Bolivia cuenta con una menor densidad industrial que Brasil o Argentina; es altamente dependiente de exportaciones primarias, lo cual puede intensificar, en lugar de reducir, su vulnerabilidad industrial. No se trata de que el MERCOSUR no sea conveniente, sino de que se ingresa al bloque de modo subordinado y en dos niveles: externo, frente a Europa; e interno, frente a Brasil y Argentina. ¿Cómo lidiar con esta reducción de nuestra autonomía estratégica individual? ¿A quiénes beneficia esa asimetría?
- Ha cambiado el tono diplomático hacia Chile. Se privilegia la funcionalidad comercial sobre la confrontación. La búsqueda de acceso más eficiente al Pacífico mediante posibles acuerdos logísticos revela un desplazamiento doctrinario de la cancillería que ya no concibe la soberanía exclusivamente como reivindicación territorial, sino como capacidad efectiva de inserción en rutas comerciales estratégicas.
Con todo, el restablecimiento de relaciones entre Bolivia y Chile no modifica nuestra mediterraneidad como hecho central. No hay cesión territorial, no existe un corredor soberano hacia el Pacífico y el Tratado de 1904 permanece intacto. Desde el punto de vista jurídico y territorial, el statu quo no se altera. Por supuesto, la cuestión de fondo no es únicamente la posesión de costa, sino la calidad del acceso a los circuitos logísticos internacionales.
Por ello, si se reducen los costos portuarios, se da mayor eficiencia a las zonas francas y se logra una integración ferroviaria efectiva y real con corredores bioceánicos que conecten Brasil con el Pacífico, Bolivia no dejaría de ser mediterránea, pero podría disminuir el peso estratégico de esa condición. Es ponerse al día, actualizar las mediaciones técnicas, tecnológicas e institucionales de nuestra cadena logística; es un mínimo realista que, sin embargo, continúa postergando a largo plazo la resolución definitiva del acceso soberano de Bolivia al mar.
Se trata de una posición que he denominado, en una crítica fundamentada (https://n9.cl/426hx), “negociación desde la carencia”. Esto es, se reconoce correctamente que Bolivia no puede negociar desde la fuerza, pero confunde la lucidez sobre la debilidad con la legitimación de la misma. Es decir, no prevé ninguna acumulación de poder, sino solo una adaptación indefinida. La política exterior se reduce a una gestión inteligente de la impotencia.
Desde una mirada geopolítica, la misma es razonable solo si se inserta en una estrategia mayor. Si el planteamiento de negociar, flexibilizar la soberanía y pragmatizar el reclamo formara parte de una estrategia escalonada, una diplomacia paciente mientras se reconstituye el poder interno, tecnológico, económico y simbólico, entonces sería razonable.
Si Bolivia solo mejora su eficiencia dentro de esa estructura logística, pero no altera su lugar en ella, la subordinación se vuelve más sofisticada, no menos profunda. Ahora bien, también es cierto que la acumulación de poder no necesariamente debe realizarse primero para negociar después. La historia muestra que muchas veces la acumulación ocurre simultáneamente a la integración funcional.
Hasta ahora, el acercamiento tanto con Brasil (Atlántico) como con Chile (Pacífico) se sitúa en el terreno diplomático y político. No hay evidencia de transformaciones materiales en infraestructura, contratos o flujos comerciales. El cambio, por el momento, es de tono y disposición, no de estructura.
- En cuanto a China y Rusia, la estrategia parece expresar un enfoque de hedging: mantener vínculos con Pekín y Moscú mientras se reabre el diálogo con Washington y Bruselas. Bolivia no puede prescindir del mercado chino ni de la inversión tecnológica asiática, lo cual da lugar a delicados dilemas. ¿Cuál será la cooperación real entre la política exterior estadounidense y su doctrina de seguridad y defensa que identifica a China como su antagonista principal y la política exterior boliviana? ¿Cómo se incorporará Bolivia a la Pax Silica (https://n9.cl/uyicm) —la alianza de países productores de semiconductores liderada por Estados Unidos— si la conformación de la cadena de suministro (supply chain) de ese bloque implica la expulsión sistemática de China del hemisferio?
A cien dias de gestión predominan decisiones tácticas orientadas a estabilizar la economía y restaurar credibilidad externa. Veremos más adelante si la misma fué el preludio de una reconfiguración estructural o si apenas logró una administración más eficiente de la dependencia, alineamiento mediante .
El Alto-Bolivia, 11 de enero de 2026
