EL DISCURSO DE PUERTO QUIJARRO

EL DISCURSO DE PUERTO QUIJARRO

Era tradición que cada 23 de marzo se recordara la Guerra del Pacífico en la ciudad de La Paz con grandes desfiles. Este año fue diferente. Rodrigo Paz Pereira trasladó la celebración principal a tierras bajas, a Puerto Quijarro, en el extremo sureste de Bolivia, en la provincia Germán Busch del departamento de Santa Cruz, limitando directamente con Brasil, en el Pantanal boliviano y a orillas del Canal Tamengo. El mensaje era claro: la historia ya no será el eje en el cual afincaremos nuestra política exterior; de aquí en adelante será la geografía. No es casual que se haya creado hace poco la Dirección de Geopolítica y Geoeconomía en la cancillería. (eju.tv, 2026) Innovación que por supuesto creemos necesaria.

Reflexionemos ahora sobre el contenido de su discurso. No pretendo abarcarlo todo; me concentraré en esos dos puntos: el tiempo y el espacio.

Sobre el Tiempo

Dijo Rodrigo Paz:

“Hoy día es el día del mar, pero no solo es una conmemoración, es una oportunidad para aprender del pasado y enfrentar el futuro con optimismo y responsabilidad. Es un momento de unidad de la patria, memoria colectiva, reafirmación de nuestra identidad. No recordamos para quedarnos en el pasado, y esto es muy importante y sobre todo a los cadetes aquí presentes. Nuestra memoria sirve para entender bien el pasado, pero significa mucho más para entender cuál es nuestro futuro. Y nuestro futuro no pasa por el pasado. Siempre hay un mejor futuro que el No podemos equivocarnos con ese futuro.” (Bolivia Tv Oficial, 2026)

Bolivia debe dejar de vivir en el trauma de la pérdida y, en cambio, convertir la memoria en una construcción estratégica de futuro. No se rechaza la historia; se la subordina al futuro. Es más, el pasado solo está permitido en la medida en que se convierte en un instrumento de orientación hacia el futuro. Por lo tanto, el Día del Mar no debería ser principalmente un ritual de duelo, sino un dispositivo pedagógico para producir disciplina estatal y avance.

Con todo y pesar de lo anterior, es necesario dejar abierta la herida:

“La guerra del Pacífico, evidentemente marca un punto de quietud. Bolivia pierde un acceso soberano al mar, se genera una herida histórica profunda en la identidad nacional y perdemos una cualidad marítima porque es una cualidad.”

Esto es crucial. El discurso reconoce simultáneamente el trauma, pero la reacción correcta al mismo, afirma, no es la lamentación. Por eso insiste en que “El mar no es olvido, no es renuncia. El mar es constitucional porque además está en nuestra Constitución. Pero a su vez el mar es evolución. Se trata de transformar la memoria en acción”. La memoria no está abolida; se instrumentaliza y recodifica como acción instrumental estatal.

Paz rechaza una política del dolor e insiste en una estrategia racional:

“Nos hicieron daño, pero esta es tierra de nobles, de buena gente, de familias. Creemos en Dios, creemos en la familia, creemos en la patria. Por eso yo los invito a pensar en el futuro. Esto es el futuro. El ejemplo de Puerto Quijarro y las nuevas alianzas con Brasil y Paraguay. Esto es el futuro.”

Que el recuerdo de la catástrofe sobreviva solo como combustible (de buena calidad) para la construcción, aunque ello implique minimizar la profundidad histórica de la herida. No se permite que el pasado siga siendo una cuestión compleja; se le exige que ceda ante un futuro concebido desde un horizonte instrumentalista de la acción. De ese modo se deslegitiman las formas de memoria nacional que no se traducen inmediatamente en logística o desarrollo. Para ello distingue entre una memoria buena y una mala. La buena memoria es disciplinada, productiva y orientada al futuro; la mala memoria es resentimiento o manipulación política.

Esa deslegitimación adquiere una dimensión más profunda si se entiende la ideología actual de la política exterior boliviana —y en particular la Cancillería— como la expresión de una corriente internacionalista específica: Bolivia, País de Contactos. Esta corriente, de carácter geopolítico y orientación tecnocrática, se define por una relación ambivalente, cuando no abiertamente incómoda, con la historia en cuanto memoria de agravios pasados que esperan su redención.

La tecnocracia, en tanto racionalidad instrumental, tiende a percibir el pasado como un residuo improductivo, un ámbito que no ofrece soluciones inmediatas y que, por tanto, obstaculiza la acción presente. De ahí su énfasis en el pragmatismo.

En el caso boliviano, esta racionalidad se articula con una concepción particular del espacio: la idea de una centralidad geográfica que, por sí misma, generaría ventajas logísticas, energéticas y políticas. Esta noción, sin embargo, descansa en una visión mítica y no relacional del territorio, donde el espacio se concibe como un dato absoluto y no como una producción mediada por relaciones de poder. De esta premisa se deriva, casi de manera naturalizada, una doctrina de neutralidad política que ignora las dinámicas conflictivas del sistema internacional.

Dentro de este marco, el pasado, y en particular la memoria de la pérdida marítima, es reinterpretado como un lastre. En el discurso de Rodrigo Paz y en la cultura política que lo sustenta, ese pasado aparece asociado al “lamento boliviano”, una sensibilidad popular caracterizada como nostálgica, melancólica y políticamente improductiva. Se establece así una dicotomía entre un pasado emocional, vinculado a lo popular, y un futuro racional, monopolizado por la tecnocracia.

No obstante, esta operación es problemática. Ese lamento no es simplemente un residuo cultural descartable, sino un componente constitutivo de la identidad boliviana. No puede ser eliminado por decreto discursivo ni superado mediante apelaciones abstractas al pragmatismo. Es una estructura afectiva sedimentada históricamente, que forma parte de la memoria colectiva y de la subjetividad del país.

Más aún, este registro trágico cumple una función ambivalente pero necesaria. Por un lado, puede derivar en formas de parálisis o nostalgia; pero, por otro, actúa como un dispositivo de memoria que mantiene vigente la reivindicación marítima como horizonte histórico. No se trata únicamente de una aspiración simbólica, pues el acceso soberano al mar responde a una necesidad material concreta en términos de inserción económica, autonomía estratégica y proyección geopolítica.

En este sentido, el problema no es la existencia de ese sentimiento, sino su gestión. Negarlo conduce a una desconexión entre élites y sociedad; absolutizarlo, a la impotencia. La tarea consiste en rearticularlo, esto es, transformar esa memoria trágica en un principio activo de reflexión estratégica, evitando tanto su instrumentalización retórica como su neutralización tecnocrática.

El discurso de Rodrigo Paz expresa esa tensión y trata de manejarla, pero se inclina fácilmente hacia el polo del futuro, que solo será logrado gracias a la gracia del genio tecnocrático luego, no propone, en el fondo, una articulación, sino un desplazamiento. Se pasa de la historia como lamento a la geografía como promesa.

Sobre el Espacio

Estamos ante un segundo retorno a una geopolítica boliviana que vuelve, de tanto en tanto, al Estado. Nació después de la Guerra del Pacífico y se consolidó poco después de la Guerra del Chaco para desaparecer luego hasta su primer retorno durante el neoliberalismo y su declive en 2006. Es desplazada por la Diplomacia de los Pueblos y retorna ahora, por segunda ocasión, con el gobierno de Rodrigo Paz. Es, pues, una corriente de la tradición internacionalista boliviana que concibe nuestro territorio como una bisagra infraestructural entre cuencas, puertos y corredores regionales:

“Queremos generar de Bolivia un centro distribuidor, un centro de las economías dentro de las cinco fronteras que nos genera hoy día nuestra posición geográfica y poner al Pacífico y al Atlántico a los alcances de cualquiera a través del esfuerzo de la patria para hacer ese nudo, esa suerte de nodo distributivo, no solo de bioceánico, sino también de energía.”

Y de nuevo:

“Todo lo que tenga agua en Bolivia, todas sus cuencas van a ser usadas para hacer una nueva infraestructura a nivel nacional para nuestro comercio, para nuestro transporte, para todo lo que integra Bolivia… estamos negociando ya la hidrovía Paraguay Paraná como salidas estratégicas al Atlántico.”

Se mencionan infraestructuras, rutas e instrumentos concretos como Puerto Quijarro, Puerto Busch, Guayaramerín, la hidrovía Paraguay-Paraná, conexiones intermodales, dragado, desarrollo portuario, un remolcador de “más de 3000 caballos de fuerza” y “más de 16 barcazas”. Se imagina a Bolivia como una plataforma logística, un conector de cuencas y un redistribuidor de flujos.

Sin embargo, un nodo no es lo mismo que un centro de captura de valor. Un país puede convertirse en un corredor sin convertirse en un polo de acumulación. El discurso celebra la conectividad, pero no responde completamente a la pregunta de quién captura el excedente, quién controla la cadena y si Bolivia se convierte en un espacio de tránsito para proyectos ajenos en lugar de un organizador soberano de su propio desarrollo.

Por tanto, el discurso de esta corriente confunde centralidad potencial con centralidad efectiva.

Transportes, pasajeros y vías. Aproximaciones a la historia de la integración boliviana (De Marchi Moyano et al., 2020) muestra cómo los esfuerzos estatales en ese sentido se orientaron más a convertir a Bolivia en un país de tránsito que en un auténtico país de contactos. Un corredor puede intensificar el flujo Atlántico-Pacífico y, aun así, dejar intacta o incluso profundizar la fragmentación interna.

Muestra también, tal como sucede ahora con Brasil, cómo esta geoestrategia depende mucho de condiciones externas. El crecimiento de Brasil y Argentina, la apertura del Canal de Panamá y la reorientación del comercio mundial ayudan a explicar por qué la idea de Bolivia como País de Contactos toma fuerza en su momento. Eso significa que la tesis no nació de una esencia territorial boliviana, sino de cambios en la economía-mundo y en la demanda regional de circulación. Por tanto, existe una asimetría material entre discurso y capacidad estatal. Hay una continuidad de dependencia respecto a financiamiento, servicios técnicos externos y proyectos impulsados desde fuera o en alianza con potencias externas.

No es que representar a Bolivia como una centralidad geográfica sea algo intrínsecamente equivocado. Es un mito que ya forma parte de la cultura política boliviana, como lo es el de la reivindicación marítima de cuño histórico‑jurídico. Son mitos movilizadores de nuestra intersubjetividad y tienen en ese sentido su razón de ser. Por ello, el mito de la centralidad geográfica boliviana funciona mejor como programa estratégico o imaginario de Estado que como teoría de localización rigurosa. Tiene potencia interpretativa, pero todavía necesita precisar sus variables, sus condiciones de validez y sus límites.

El discurso presupone que la integración generará autonomía, pero esto no está garantizado únicamente por la geografía. Paz dice “Bolivia como un eje de integración” y “nosotros no hacemos zanjas, nosotros hacemos puentes”, pero la asimetría material sigue siendo visible en la repetida dependencia de Brasil, Paraguay, Perú y Chile como socios externos.

La relación con Brasil es especialmente reveladora:

“El otro día habló con el presidente Lula, Bolivia y Brasil tienen como corazón a la Amazonía. Es como un solo cuerpo quererle quitar o dividir o repartir o por una frontera separar ese corazón. Brasil no se puede separar de Bolivia y Bolivia no se puede separar de Brasil.”

Se trata de una poderosa imagen integradora, pero también asimétrica. Naturaliza la interdependencia a través de metáforas orgánicas (“un solo cuerpo”, “corazón”), al tiempo que oculta el hecho de que la relación es estructuralmente desigual. El discurso invoca la complementariedad más que la dominación, lo cual es políticamente atractivo, pero la orientación real sigue siendo la de dependencia estratégica de vecinos más grandes, en este caso Brasil.

La investigación de Pablo Villegas, Geopolítica de las carreteras y el saqueo de los Recursos Naturales (2013) exhibe esa dependencia abrumadora. En Bolivia, las carreteras bioceánicas, la IIRSA y otros mecanismos de integración no aparecen como neutralidad espacial, sino como instrumentos de integración externa, primarización y extracción, ligados a banca internacional, financiamiento brasileño, corredores de exportación y disputa por territorios indígenas y áreas protegidas. Entonces, los corredores bioceánicos existen dentro de una geopolítica de exportación y de una división regional del trabajo, no como pura posicionalidad estratégica boliviana. La centralidad geográfica no explica por sí sola el poder que organiza esa localización. Más bien, las carreteras bioceánicas y la IIRSA favorecen la exportación de materias primas, no la industrialización; es decir, aumentan fluidez, pero no necesariamente densidad productiva.

No estoy sosteniendo que el corredor ya exista ni tampoco su inconvenciencia. Solo quiero dar a entender que una integración logistica de ese tipo no es la panacea ni la salvación para nuestra trágica realidad y que incluso su implementación parcial ha dado resultados bastante cuestionables.

Por ende, el límite estructural de esta corriente, desde su formulación original hasta el presente, radica precisamente en esta desconexión entre autopercepción y reconocimiento de sus efectos empíricos reales.

Claro está que es posible reprochar las limitaciones de un enfoque jurídico‑historicista en lo que respecta a los resultados reales de la aplicación del mismo. A más de cien años de la pérdida del acceso soberano al mar, un enfoque de ese tipo parece completamente obsoleto. Los dictámenes finales de la Haya, pero aún antes, de la Liga de las Naciones en 1920 fueron contundentes. Por lo mismo, conviene preguntarse si el enfoque paralelo de Bolivia, País de Contactos, no ha sido, acaso, tampoco satisfactorio. Sus resultados empíricos reales no son nada alentadores. Si no debemos continuar empeñándonos en un pasado lastimero, en un enfoque jurídico‑historiográfico sobre la cuestión marítima, ¿por qué deberíamos continuar haciéndolo con una concepción logística funcional del espacio que es tan antigua como la primera?

Puerto Quijarro no puede suplir por sí solo la carencia de puertos sobre el Pacífico. Si nos remitimos al estudio Actores económicos y flujos de mercancías en tres puertos bolivianos. Canal Tamengo, ingreso a la hidrovía Paraguay-Paraná (Rojas Lizarazu, 2024) el canal Tamengo está estructuralmente limitado por factores físico‑climáticos y materiales: la disminución del régimen pluvial reduce el caudal y hace inestable la navegabilidad, mientras la fragilidad del ecosistema del Pantanal añade riesgos ambientales críticos. A ello se suman déficits persistentes de infraestructura, falta de dragado, mantenimiento y balizamiento, además de bloqueos brasileños, que generan dependencia técnica y soberana. En términos operativos, su corta extensión lo convierte en un cuello de botella, sin navegación nocturna y con baja capacidad de carga, lo que lo vuelve un punto vulnerable más que un corredor robusto. Económicamente, está orientado a la exportación de commodities (principalmente soya) e importación de insumos estratégicos, reproduciendo una inserción periférica. Además, el control logístico es externo: predominio de barcazas paraguayas y presencia de multinacionales, por lo que Bolivia utiliza el canal pero no lo controla. En consecuencia, es funcional como vía secundaria dentro de la hidrovía Paraguay‑Paraná, pero no como solución soberana ni como eje autónomo de desarrollo.

Entonces, ambas corrientes —la jurídico‑histórica y la logístico‑funcional— han demostrado, cada una a su manera, su insuficiencia para modificar el núcleo del problema: la pérdida del acceso soberano al mar y la subordinación estructural de Bolivia en su propio territorio. Frente a ese doble agotamiento, emerge una pregunta incómoda que ambas eluden y que pretendo formular en su crudeza. Si perdimos el mar por la violencia, ¿no podremos solo recuperarlo también por la violencia? Si ni los litigios ni los corredores logísticos han logrado revertir el resultado de la guerra, ¿qué lugar ocupa la cuestión del poder en su forma más elemental? Fue Jaime Mendoza quien, en su momento, formuló esa pregunta con crudeza:

“si Bolivia, no puede esperar ni por convenciones directas con sus vecinos Chile y Perú, ni por la interposición de una tercera entidad, cual sería la Liga de las Naciones, la realización de sus propósitos de reintegración marítima, ¿cuál podrá ser el procedimiento para llenar tal desideratum?
Nosotros creemos que no hay más que uno: la fuerza
¡La fuerza!
He ahí la sola solución.
La fuerza – debemos repetirlo – sigue siempre dominando en el mundo.
[…]
Y si es verdad que también han vencido, cual se dice, el derecho de la humanidad, la justicia universal, la libertad del mundo, ellas sólo han vencido merced a la fuerza.
[…]
Bolivia sólo podrá imponerse ante sus vecinos no con la voz más o menos elocuente de sus estadistas más conspicuos, sino sencillamente con la voz del fusil de sus soldados.”
 (Mendoza, 1926, pp. 334–335)

La cita no es una apología de la guerra en sentido inmediato, sino un recordatorio de que toda política exterior descansa, en último término, sobre la capacidad de hacer valer los propios intereses. La “fuerza” de Mendoza remite a una dimensión que ni el derecho internacional ni la integración física pueden sustituir por sí solos. Explorar esa dimensión, y sus implicancias actuales, excede los límites de este ensayo, pero su mera presencia señala el terreno que ambas tradiciones han evitado sistemáticamente. Sin asumir esa pregunta, cualquier giro geopolítico, por más innovador que parezca, corre el riesgo de reproducir, en clave logística, la misma impotencia que se critica en la vía jurídica.

Felipe Limarino, El Alto-Bolivia, 26 de marzo de 2026

Referencias

  • Bolivia Tv Oficial. (2026). Desde Puerto Quijarro, Rodrigo Paz encabeza los actos conmemorativos por el Día del Mar. YouTube.
  • De Marchi Moyano, B., Machicado Murillo, M. C., & ; Morales Quintela, H. I. (2020). Transportes, pasajeros y vías. Aproximaciones a la historia de la integración boliviana (C. de I. S. (CIS) Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, Ed.).
  • eju.tv. (2026). Gobierno da nueva estructura a la Cancillería para atraer inversiones y crea la Dirección de Geopolítica y Geoeconomía. https://n9.cl/txadc
  • Mendoza, J. (1926). El Mar del Sur. Imprenta “Bolivar.”
  • Rojas Lizarazu, R. E. (2024). Actores económicos y fl ujos de mercancías en tres puertos bolivianos. Canal Tamengo, ingreso a la hidrovía Paraguay-Paraná.
  • Villegas, P. (2013). Geopolítica de las carreteras y el saqueo de los Recursos Naturales. CEDIB.
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