LA SOBERBIA DE LA DECADENCIA IMPERIAL: USAR EL PROPIO COLAPSO COMO AMENAZA GLOBAL

LA SOBERBIA DE LA DECADENCIA IMPERIAL: USAR EL PROPIO COLAPSO COMO AMENAZA GLOBAL

Por Rafael Bautista S.

Si caemos,

haremos hasta lo imposible,

para que el mundo entero

caiga con nosotros

El think tank conservador Heritage Foundation acaba de declarar, por medio de su vicepresidenta Victoria Coates que: “USA puede hacer lo que quiera con Irán”. Lo cual describe ya la pérdida del sentido de realidad que adolece la decadencia moral que atraviesa el Imperio en todos sus escenarios.

Según ese think tank, la ofensiva militar conjunta de USA e Israel habría demostrado que sí se podía exterminar al líder supremo de Irán Ali Khamenei, que Teherán no podía desencadenar un conflicto regional con sus proxys, que Israel no iba a quedar expuesto a un enfrentamiento contra todos los países árabes y que USA no iba a condenarse al aislamiento global. En consecuencia, la línea dura y ofensiva que adoptó Trump sería más efectiva que una política cautelosa. Si Trump habría hecho con Irán lo que se creía imposible, entonces nada es imposible para el Imperio. Pero los hechos desmienten este exitismo precoz.

Las aseveraciones de Coates les promueve –sobre todo a los warmongers sionistas gringos e israelíes– una seguridad fétida, ya que tiende a que desechen opciones diplomáticas más prudentes y necesarias en esta coyuntura global de inflamación nuclear.

Considerando las fragilidades y limitantes militares y políticas, como “meras suposiciones”, que han ido apaciguando innecesariamente –dice– las legítimas ambiciones imperiales, señala Coates que ya no hay nada que les impida alcanzar los objetivos propuestos. Lo cual no es sólo paradojal sino demencial.

A este estado de infatuación está conduciéndoles el negacionismo del fracaso innegable de la política exterior gringa; la cero-planificación apenas orlada por una petulancia, que ya es mentira compulsiva, resulta ser la única seguridad en ese mar de perplejidad que ya arrincona a Washington y a Tel Aviv.

La excesiva confianza de recuperación dirigencial y liderazgo global, quedan desmentidas por los hechos. Con el bloqueo del Estrecho de Ormuz, Irán ha afectado seriamente la cadena normal de suministros globales, de los cuales depende toda la base energética de Occidente. Con la prolongación de la guerra –que es la carta estratégica de desgaste, imposible de aguantar por el anglo-sionismo– las consecuencias ya son exponenciales. Irán, al apostar por el desgaste planificado y la ofensiva prolongada, está minando las capacidades imperiales a largo plazo, no sólo disuasivas sino también estratégicas.

Desde la proyección insostenible de precios del petróleo de los índices West Texas y el Brent (cerrando ayer a 120,00 $US el precio del barril de petróleo el primero y a 112,19 $US el segundo –mientras el barril de crudo de Dubái, alcanzó los 166,00 $US, tras el último ataque iraní–, arrinconando a Washington a ceder y poder satisfacer, paradójicamente, a Irán e Israel, en sus pretensiones, será lo que determine si el pico actual del precio del barril de petróleo, es el techo –improbable– o la nueva base del precio futuro –lo más probable–), hasta el colapso de toda la cadena industrial, a causa del cierre del Estrecho de Ormuz y el posible cierre del Estrecho Bab-al-Mandab por los hutíes (sobre todo, de Europa, cuya economía se encuentra ya en estado crítico, después de las sanciones contra la Federación Rusa, que se convirtió en un boomerang contra la propia economía de Occidente); se verá recién la magnitud de las consecuencias de la guerra desatada contra Irán.

O sea, el mundo empezará a experimentar esas tendencias alarmantes, que perfilan los peores escenarios de sobreendeudamiento, caída de los mercados, deflagración de la curva de precios de los derivados del petróleo, incremento vertiginoso de precios de minerales críticos, relocalización de las cadenas de suministro y la más que probable estanflación global.

USA ya no puede emprender y provocar conflictos sin que estos puedan tener consecuencias graves en su propia estabilidad y en sus esferas de influencia. El dólar apuesta contra sí mismo y en eso consiste su amenaza global. La caída en los mercados bursátiles gringos, después de los ataques a la infraestructura energética de Irán y los demás países árabes (región de la mayoría de las reservas de petróleo y gas del mundo), son la corroboración de aquello, con una pérdida actual de 700 billones de $US.

Coates también afirma, en una clara sintonía trumpista, que es un error “restaurar países hostiles después de derrocar sus gobiernos”. Con la amenaza del mundo multipolar y de los BRICS, el Imperio está ahora menos dispuesto a mantener a nadie más. Esto significa que el Imperio no se hace responsable por nada que provoque o ejecute. Analistas rusos (como Elena Panina, del Comité de Asuntos Exteriores de la Duma estatal rusa) consideran que, creer que Washington puede hacer lo que se le antoje y que no sufrirá consecuencia alguna, es demasiado peligroso y que, semejante delirio, debiera revisarse “antes que sea demasiado tarde”.

La probabilidad de ingresar en el enfrentamiento nuclear es, cada vez, más probable; sobre todo después de los bombardeos de saturación y la eliminación continua de la dirigencia del IRGC que, tanto USA como Israel, emprenden contra Irán. Lo cual, hay que decirlo, no intimida al agredido, sino que lo radicaliza. Además, después que todo Occidente cerró filas en la condena a Irán (hasta Colombia y Panamá, incluidas en el Consejo de Seguridad de ese zombi llamado ONU), hasta la declaración del canciller alemán Friedrich Merz, que aboga por un Irán “democrático”.

Ese portavoz de la centralidad Europa (núcleo civilizatorio ontológico –desde Hegel hasta el fallecido ideólogo de la Union Europea, Jürgen Habermas–, pero cuyo vasallaje le costó su relevancia geopolítica en el nuevo tablero global) olvida que, cuando eligió Irán “democráticamente” a Mohammad Mossadegh en 1951 y nacionaliza el petróleo; fueron USA e Inglaterra, o sea, el Occidente y su “democracia” que tanto defiende Merz, quienes derrocan a un presidente “elegido democráticamente”, por medio de un golpe de Estado, e imponen la dictadura del Sha Rezza Phajlavi, sólo para tener el control del petróleo de Irán.

Pero estos procederes han sido y continúan siendo invariables en la onto-geopolítica imperial. Y el primero en afirmarla fue precisamente el padre de la política liberal moderna: John Locke1. Ya antes Hobbes manifiesta que los hombres, antes de “matarse mutuamente”, deben ser obligados a someterse a un gobernante absoluto y respetar la ley; la cual establece y regula que, la lucha por el poder, sea asegurada dentro de los marcos institucionales y del derecho, el cual está concebido para la imposición de la propiedad privada y el carácter vinculante de los contratos.

Ese es el contenido de igualdad que maneja Locke: entre iguales no hay diferencia, por tanto, “matarse mutuamente” significa tener capacidades equivalentes de anulación mutua (por eso el Estado moderno o Leviatán es la necesidad de legitimidad vertical como suma libertad, el gobierno absoluto de la ley por medio del ejercicio de la coerción).

Entonces, de la premisa “todos los hombres son iguales por naturaleza”, concluye que: “la esclavitud es legítima”. Por eso la política liberal afirma, más que una igualdad, una equivalencia formal que, de hecho, no tiene nada de una igualdad fuerte o democrática sino sostiene una homogeneización pertinente sólo para el desarrollo del mercado (que presupone una igualación de los componentes, o sea, una simplificación de las contingencias).

La burguesía de su tiempo recibe, con entusiasmo, los argumentos de Locke porque, de ese modo, pueden expropiar las tierras de los pueblos indígenas de Norteamérica y colonizar la India sin ninguna consciencia de culpa. Por eso la modernidad actualiza el imperial discurso de la desigualdad humana bajo una falaz argumentación igualitaria que, en el fondo, señala que no todos los hombres son iguales: unos han nacido para obedecer y otros para mandar. Por eso los derechos humanos se producen desde un humanismo excluyente y selectivo: “unos son más iguales que otros”, Orwell dixit

Los derechos humanos son entonces exclusivos de los últimos –de los que mandan– que, en nombre del cumplimiento del derecho, pueden cometer violencia sin violar ningún derecho. Porque el argumento se basa en el relato de clasificación antropológica moderna que justifica ese humanismo excluyente: los que no gozan del derecho son una amenaza, no sólo por ser inferiores, sino porque no reconocen el derecho del conquistador.

La ejecución de la ley se ejecuta en contra de los transgresores de la ley, de aquellos que no se rigen por la razón y la ley, es decir, la propiedad y el mercado. Su amenaza consiste en un deicidio, porque según Locke, el no someterse a esta ley constituye la negación de Dios. En ese sentido, del Leviatán de Hobbes se produce la imagen del Imperio y, de éste, la imagen y semejanza del Dios moderno-cristiano.

Semejante maniqueísmo y fundamentalismo lo produce la cristiandad anglosajona protestante y declara, en el fondo, que cualquiera tiene el derecho de castigar al culpable; de ese modo se hace un heraldo y ejecutor de la ley que, por natural, se hace divina. Por eso, siendo ejecutor, es como se santifica a sí mismo, aniquilando a quienes amenazan al género humano, porque se trata de fieras que no se rigen según la razón; con las cuales ningún hombre puede vivir en sociedad.

Esta argumentación es necesaria para definir al otro como un “ser dañino”, con quien no rige la razón y “debe ser tratado como una fiera salvaje”. Como ha manifestado que “con él no rige la ley de la razón”, ha abandonado su condición humana, es decir, ha renunciado hasta a sus derechos humanos. Por eso no queda más que aniquilarle, como dice Gines de Sepúlveda: “para el bien de todos”.

Ese bien es el bien del ejecutor, que se ha hecho juez para condenar a todo aquel que no se someta al Leviatán civil. Ese Leviatán es el que otorga “patente de corso” a todo ejecutor y “tiene el derecho especial de exigir reparación” a quien no se someta. Es decir, el ejecutor tiene incluso el derecho de apropiarse de los bienes de los culpables; lo cual no se considera robo alguno sino el cobro, en justicia, por la reparación de los daños que le costaron al ejecutor. George Bush hijo lo dijo en la invasión a Irak y Trump ahora lo repite en el secuestro al presidente Maduro y la guerra desatada contra Irán.

Esa es la lógica que parece un exabrupto trumpista, pero es el modo como la civilización moderna ha expandido su dominio global y que, ahora, se lo manifiesta en toda su crudeza.

Entonces, se puede decir: “no es sólo la economía imbécil”, sino toda una civilización de muerte que se expresa en el diseño onto-teo-geopolítico centro-periferia. Y tanto Trump como Netanyahu no hacen sino actualizar esa narrativa.

El periodista y analista geopolítico Benjamin Norton lo corrobora, cuando señala: “Netanyahu acaba de pronunciar un insano discurso, en el cual, se refiere repetidamente a los iraníes como ‘bárbaros’ y afirma que USA e Israel enfrentan una guerra colonial ‘para proteger a la civilización’… el secretario de Estado Pete Hegseth también deshumaniza a los iraníes como ‘salvajes bárbaros’… La máscara está descubierta. USA e Israel son regímenes fascistas genocidas que claman ‘exterminar a todos los brutos del Sur global’, como hicieron los europeos colonialistas del siglo XIX”.

¿Qué pasa ahora con nosotros? Ya lo dijimos: somos la garantía energética y financiera de sobrevivencia del Imperio en su etapa post-imperial2. La disputa por Sudamérica ya fue resuelta –según Washington– en la “Cumbre Escudo de las Américas”. Toda la economía global se redirecciona al Pacífico y nuestro hemisferio quedará imposibilitado de ese viraje que adquiera el nuevo mundo multipolar.

Para desgracia nuestra, tenemos un gobierno títere, improvisado, fruto de un triunfo inverosímil, que nos ha de costar la poca estabilidad –en todos sus ámbitos– que aún tenemos. Sólo con la subida del precio del barril de petróleo y lo que eso implica en sus derivados, significará nuevos gasolinazos que causen inflaciones vertiginosas, sin que haya posibles remedios, ya que es lo que menos le interesa a un gobierno que no gobierna y sólo obedece órdenes del norte.

Trump no necesita mover a sus operadores para encontrar “cooperantes” en nuestro país (como lo vienen haciendo sin éxito en Irán, en medio de una estrategia de desintegración, eliminando líderes patrióticos, mientras no puedan persuadir, por ejemplo, al presidente Mahmoud Pezeshkian o al ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi; supuestos “reformistas”, que se vean obligados a llegar a un “acuerdo”, para generar una rebelión interna que posibilite el triunfo anglo-sionista).

Aquí hay mucho vendepatria entre la reciclada élite política (actores del golpe de Estado del 2019) que ahora abarrotan el poder ejecutivo y el legislativo. Y se venden por muy poco, como ciertos periodistas, cuyo precio es apenas una salteña y un fricasé (si no lo creen, vean el documental Our brand is Crises).

Mientras el campo popular no se constituya en bloque popular, está difícil una resistencia organizada ante los atropellos inconstitucionales del gobierno; los cuales se van haciendo costumbre cotidiana y señalan un pésimo precedente para toda gestión futura. Tendremos que retornar al acontecimiento fundante que dio lugar al expropiado “proceso de cambio” y a la iniciación del proceso constituyente, para desde allí proyectar, de nuevo, al sujeto plurinacional y las nuevas opciones y alternativas que nos urge, como pueblo, restaurar.

La Paz, Chuquiago Marka, 20 de marzo de 2026
Rafael Bautista S., autor de:

El tablero del siglo XXI.

Geopolítica des-colonial de un nuevo

orden post-occidental.

Dirige “el taller de la descolonización”
rafaelcorso@yahoo.com

1 Las referencias de Locke se lo harán del Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, de 1689. Allí se define para la posteridad, más aún para el imperialismo anglosajón, la geopolítica unipolar del Imperio moderno.

2 Ver nuestro libro: El ángel de la Historia. Volumen II. La disputa del arco sudamericano y la geopolítica del reseteo global. 2020-2024, yo soy si Tú eres ediciones, La Paz, 2024.

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