A Bad Bunny no le escuché ni una armónica, ni un riff pesado, ni nada que me dé la fuerza y energía que usualmente busco en la música que tiendo a escuchar. Bad Bunny no me dio nada de lo que busco.
Pero sí: noches divertidas, karaoke en coro con amigos, un buen perreo y hasta un beso. Un pequeño documental sobre cómo los grandes capitales yankees toman su ciudad natal para convertirla en hoteles exclusivos para gringos que su propia gente nunca podría disfrutar.
También es un excelente medidor de “viejo odiador vinagre”, intolerante, como lo fueron los viejos odiadores vinagre en su época de juventud, allá en el año catapum, con el casi muerto rock.
Tienes que entender lo que rodea a Bad Bunny para emitir juicios que no suenen al defensor más acérrimo de Trump que niega los archivos de Epstein.
El Conejo Malo es de Puerto Rico, un Estado Libre Asociado de EE. UU., que es, en la práctica, una ocupación moderna. Es la Gaza de América. Los puertorriqueños ni siquiera tienen derecho a votar por el presidente de su supuesto propio país. En la campaña de Trump, uno de sus seguidores —un supuesto comediante—, delante de todas las cámaras, y el mismo payaso naranja, señalaron a Puerto Rico como una “isla basura”. Si no se entiende el desprecio y el maltrato con estos ejemplos, la verdad es imposible cualquier futura explicación.
Nunca fui partidario del reguetón, pero sí me doy el tiempo de escucharlo. Y cuando me junto con amigas y amigos no me pongo Rory Gallagher para bailar, aunque alucino con su música.
Escuché álbumes de Bad Bunny como Yo Hago Lo Que Me Da La Gana y Debí Tirar Más Fotos. No me parecen la gran obra de arte ni el clímax de la música; de todas formas, es entendible lo que generan y por qué gustan. No es música complicada: es algo para ponerte de buen humor o pachanguero, algo de lo que un viejo vinagre odiador carece.
También escuché álbumes de Taylor Swift, que me parece una poronga kilométrica; Lana del Rey, que no puedo no amarla; y Miley Cyrus, de quien me declaro fan. No dejo que la mass media me dicte qué escuchar.
Pero en esta jerarquía central colonial de la música, Bad Bunny está molestando a todo el mundo. Y debe entenderse la música también como algo colonial. ¿Cómo es posible que exista un mandato que obedece a un centro musical y a un color de piel para decir qué música es la buena, la “alta cultura”, ligada a EE. UU. y sus centros que odian a los latinos, y cuál es popular, de consumo cultural y de “baja cultura”?
Cuando crecía en Bolivia ocurría lo mismo con la cumbia, la chicha y el rock. Señalar a alguien de cumbiero era casi una tara mental, como decir “cholo”: mezclado con lo indígena, por ende, despreciable.
Cuando la cumbia y la chicha eran la única expresión propia original que compartía el alma del mundo con la escena internacional —una herencia directa del techno y, por tanto, del post punk (esto lo pueden revisar en el texto Kosminche Cumbia, de Rodríguez)—, el rock estaba anquilosado en copiar músicos argentinos o yankees. Mientras tanto, la chicha-cumbia llegaba a México, innovaba ritmos en Argentina y era aclamada por miles de personas.
Hoy en día, un grupo popular como Maroyu es ovacionado por las élites blancas bolivianas, de oriente a occidente, de norte a sur. Y muchos chicos y chicas de corte “blancoide” auditionan para ganarse un puesto en su cuerpo de baile.
Bad Bunny lleva la música popular de su tierra —el jíbaro y la mal llamada “salsa”, bomba— para insertarla en la nueva ola (ya no tan nueva) del reguetón, que nació con cantantes de la música popular de Centroamérica, siendo el más famoso Daddy Yankee. Pero 15 años antes, un tal El General ya hacía esos mismos ritmos. Daddy Yankee —que hasta el nombre sumiso tiene— abrió la música al mundo; Bad Bunny la utiliza para darle voz a algo más amplio: a toda la morenada color café que se extiende por América. Algo que ese Yankee Daddy nunca hizo.
No digo que exista un proceso de “descolonización” a través del reguetón, porque se produce en Miami, en el centro de la industria cultural, para el mercado del llamado mundo latinoamericano, y llega a Europa a través de España. Sí: para conquistar España primero debes tomar a los centro y sudamericanos.
A pesar de nombres como Daddy Yankee o Víctor “El Nasi”, irrumpió —como actual máximo exponente— Bad Bunny, que lejos de quedarse en la comodidad del artista que comparte escenario con otros géneros como Grupo Frontera, alza la voz por una población latina. Convirtió su música popular en mensaje político, como en el pasado medio tiempo del Super Bowl. América es de “este color” y la conforman todos.
Podría ser un mensaje cómodo de centro-periferia, pero dado el contexto donde el actual presidente Donald Trump persigue latinos —muchos de los cuales, paradójicamente, son trumpistas— y donde existe una mente colonial musical, Bad Bunny irrumpe.
Su gran EEUU la construyeron migrantes, muchos latinos. De esos latinos, millones no cruzaron la frontera: la frontera los cruzó a ellos, como en el caso de Puerto Rico, México y alguna vez Cuba. La expansión imperial alcanzó poblaciones morochas con identidad propia que ahora son despreciadas mientras forman parte estructural del país.
La cultura la forman las clases populares, desde siempre. El rico no genera cultura: la impone, porque no es un miembro activo de la sociedad, sino alguien que cree que debe dominarla. En esos espacios nacen las expresiones culturales: variadas, sumisas o incómodas, como Bad Bunny.
La gente dice: “Me emputa Bad Bunny”. Lo acepto. Pero a estas alturas emputan más los que odian a Bad Bunny, porque el odio es enseñado. Puede que te guste su música o no; nadie está obligado a escucharla. Pero su irrupción es clara.
Y si pudiéramos crear un bloque geopolítico en contra del atropello EEUUropeo, estoy seguro de que tendría espíritu Bad Bunny.
